jueves, 1 de noviembre de 2012

"IMPROVISANDO" de Wade Matthews


Siempre resulta necesario celebrar la publicación de textos que traten realidades  tan poco conocidas, tan de minorías, como lo es la música de libre improvisación. El músico y programador de conciertos Wade Matthews, ha publicado recientemente un interesante libro acerca del tema llamado “Improvisando”. Creo que la peor de las críticas hacia tan valiente y generosa acción sería responder con el silencio o la ignorancia de su publicación. Por ello, es sano y positivo que los que estamos interesados en la libre improvisación musical seamos igual de valientes y comentemos este texto sobre un tema tan espinoso.

El tratado de Matthews contiene pasajes muy entrañables para los que estamos metidos en esto, pero que espero también lo sean para otras personas que no estén tan relacionadas con este mundillo. Me refiero muy especialmente a las anécdotas personales que el autor nos regala. Es encantadora la referencia a la pequeña disputa entre los dos niños improvisadores, las preguntas de espectadores a las que se ha tenido que enfrentar el autor y demás… Casi, uno podría decir que el libro (si contuviera algunas más de estas) se justificaría a sí mismo y sería de gran valor. También la descripción de algunos eventos o conciertos, que el autor utiliza de forma muy ejemplarizante, resultan de gran valor… al lector interesado le gustaría haberlos presenciado, y esto “alimenta el hambre” por la música de improvisación libre.

En lo que concierne al análisis que realiza del hecho musical, también existen pasajes apreciables. A mí me ha llamado la atención la valiente afirmación de que la música de libre improvisación, cuando alcanza un nivel alto, genera resultados tan contundentes y valiosos como los que produce una buena interpretación de una composición de música contemporánea escrita. Esta es una idea que siempre hemos compartido mis compañeros musicales y yo, y que por una u otra razón no nos hemos atrevido nunca a exponer muy abiertamente. También el autor se atreve a cuestionar la validez de considerar a la música dirigida como verdadera improvisación libre: aunque resulta bastante claro que no lo es, además Matthews nos da razones de gran peso. Este no es más que un problema de terminología pero está bien sacarlo a la luz.

Pero en general, el análisis de Mathhews resulta bastante obvio en la mayoría de los pasajes, una obviedad que alimenta análisis más o menos sesudos no muy fecundos. Cosas como plantearse una “ética de la grabación” ofrecen un buen espacio  para llenar algunas páginas, pero no nos ofrecen al final nada que no sea obvio. El “Stockhausen versus Cage” que pretende, carece de sentido cuando caricaturiza al primero como un obseso por salvaguardar la integridad en la interpretación de sus obras compuestas: ¿qué tiene esto de malo?... Stockhausen no era un músico de improvisación libre, era un compositor egocéntrico, como deben serlo todos los compositores. El autor, a través de análisis como estos, nos acaba despistando un poco, en mi opinión.

El punto más desafortunado quizá sea el hecho de que, tras apoyar reiteradamente su discurso en la sabiduría de figuras del jazz como Ornette Coleman, Monk, Lacy o Braxton, acaba finalmente manifestando que el pulso fijo no es una herramienta adecuada para la libre improvisación. El autor, generosamente, expone sus razones para ello en forma de una salvaguardia de la captación del momento (del propio tiempo del momento) en que se está haciendo música. Esto se entiende muy bien y es interesante, pero no es una razón sino más bien un “gusto” personal. El hecho de que un autor exponga sus gustos y criterios personales en su propio tratado es absolutamente lícito y sano; el problema surgiría cuando algún lector pudiera confundir la opinión del autor con la autoridad de una teoría o “norma”. El estudio posterior que expone acerca del ritmo es interesante y valioso por sí mismo, pero parece un esfuerzo por alejar el “fantasma” de la tradición afroamericana del mundo de la improvisación libre, haciendo de ella una cosa mucho más “europea”.  Parece que se considera necesario que un concierto de música improvisada “libremente”, debiera no solo ser serio sino además parecerlo… no solo ser raro sino además parecerlo… y resulta que el pulso fijo es un gran enemigo para que se produzcan esas apariencias.

En mi opinión el pulso fijo ofrece tal cantidad de frutos expresivos, que intentar erradicarlo de la improvisación libre es dejarla coja, y es acotarla. Para mí, el pulso fijo y otros tipos de pulsos no fijos son indistinguibles en cuanto a su valor para la improvisación. Las referencias sabias citadas en este libro sobre Coleman, Monk, Lacy, Braxton y Guy, fueron inspiradas “precisamente” por sus opciones musicales en relación a tocar sobre un pulso más o menos fijo… ¿Porqué utilizar estas sabias referencias para acabar rechazando el pulso más o menos fijo que estos jazzistas han utilizado siempre?... esto suena un poco a la manía (o necesariedad) de usar citas de nombres reconocidos para apoyar un análisis poco sólido.

También existen en el análisis de Matthews una constante tendencia a dejar muy claro (sin decirlo claramente) que el improvisador libre debe obligar al espectador a escuchar lo que hace de la forma en que él quiere; una forma muy pulida por años de trabajo, sensibilidad exquisita  y experiencias musicales que otros (los espectadores) no son capaces de apreciar. Lo cual es lo mismo que afirmar que la música de improvisación libre solo puede tener un público con el perfil de “músico altamente cultivado en improvisación libre”. Entonces, el círculo de la difusión de estas músicas será siempre cerrado y muy limitado, cosa que parece ser considerada como necesaria para este tipo de tendencias. En mi opinión, no es lícito exigir al público trabajador que paga la entrada con toda su buena intención y predisposición, que haga un esfuerzo sobrehumano por comprender las exquisitas sutilezas (conceptuales y sensuales) del artista… Stockhausen, en su preocupación por que su composición se interpretara en las mejores condiciones para que el oyente pudiera captar las sutilezas de su composición, resulta un tipo simpático y generoso en comparación con esto… Hacer un esfuerzo para que el espectador "disfrute" (palabra tabú) de lo que se le está ofreciendo, cuando el espectador (no nos engañemos) hace un esfuerzo para escucharte: ¡¡ES BUENO!!... otra cosa es que los consideremos como a seres inferiores necesitados de una "iluminación"...

Finalmente, el hecho de que el panorama editorial español empiece a abrirse a la publicación de textos valiosos como este de Matthews, sobre temas tan poco difundidos como el de la libre improvisación, es una gran noticia. Todo esto puede ayudar mucho a generar debate y diálogo en el pequeño mundo de la improvisación, algo que puede ayudar a eliminar (o al menos diluir) los pequeños sectarismos que lo lastran.

Víctor Sequí

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